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Ray dio un paso al frente e hizo una reverencia. Permaneció inmóvil sin alzar la vista del suelo. El corazón le latía desenfrenado pero por lo menos podía aparentar calma. Aunque obviamente no podía ocultar su aroma. Todos los alfas en la sala sabían que estaba asustado y él podía olerlos a ellos: impacientes y desesperados. Por él. Porque él era un omega y estaba listo para aparearse.

―Raymond, ―dijo su tío, casi dulcemente. Sólo entonces Ray levantó la mirada. Sólo por un segundo, no lo suficiente para leer su expresión. No podía soportar que lo miraran con lástima, no en ese momento. Enfocó su mirada en la mejilla recientemente rasurada del Primer Alfa de la jauría. El hombre que ahora controlaba su vida. Tenía que mostrarle respeto, mostrar que estaba prestando atención cuando un alfa le hablaba. ―Es cierto, has madurado.

Era la forma más políticamente correcta de describir lo que estaba ocurriendo al cuerpo de Ray: Los cambios que le transformarían de su infantil estado beta (todos los niños eran betas) en un omega. De un niño a un... no, él nunca sería un hombre, los machos omega no eran hombres. En los viejos tiempos, los hombres lobo sólo usaban el término animal para ellos: perras. Pero, por supuesto, ya nadie se atrevería a usar esa palabra en público. Ahora eran omegas, o machos de crianza, compañeros sexuales para el alfa que los tomaban como compañeros o para la jauría que se formaba a su alrededor. Como fuera que llamasen a la gente como Ray, una cosa era cierta: Eran raros. La mayoría de los hombres lobo nacían de las hembras de la especie.

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No había sexo en el mundo que pudiera compararse con el éxtasis de tu disco rebotando contra el fondo de la red. Keenan se detuvo un momento, saboreando el subidón de adrenalina que le aceleraba el pulso y le acaloraba las mejillas. No había nada como el abrazo de los cuerpos sudados de tus compañeros cuyos cuerpos se habían coordinado tan perfectamente con el tuyo que casi parecía que fueran una sola persona. Y lo habían conseguido sin siquiera tocarse.

Comparado con eso, no había mucho mérito en follar, por mucho que las señoritas olieran mucho mejor. Keenan suponía que el sexo con una omega sería diferente pero no estaba preparado a poner en riesgo el hockey a cambio de una oportunidad de establecer un vínculo psíquico y esa era la única manera en la que un alfa podía acabar en la cama de un omega. Establecer un vínculo era un bonito sueño para cuando se retirará de jugar pero una fantasía peligrosa para un jugador joven y exitoso. Era una pena, pero a muchos omegas les costaba demasiado estar lejos de sus alfas por largos períodos de tiempo, cosa que era necesaria para un jugador de hockey. Keenan no quería hacerle eso a nadie, dejarlos sin algo que necesitaban y definitivamente no quería hacerle eso a alguien con quién tenía una conexión psíquica. Así que ganaba el hockey, como solía suceder en cualquier competición en la que le tocará decidir a Keenan. Y si estaba tentado… bueno, valía la pena resistirse a la tentación.

Aún así, pensó cuando el olor de caramelo derretido le llegó a la nariz ni bien abrió la puerta de la pista de hielo, no tenía ninguna objeción racional a tener a un omega como jugador en el equipo.

O no las había tenido antes de conocer a Cartwright Johnson. Johnson había olido como si hubiera bañado en una pastelería hasta que había visto a Keenan y toda esa dulzura se había vuelto amarga como una tarta quemada. Johnson había hecho el paripé para los betas, managers y compañeros, había dicho que estaba encantado de conocerlo e incluso había mencionado algunos de los movimientos que Keenan usaba en el hielo con admiración que Keenan estaba bastante seguro no era completamente fingida. Pero no podía actuar lo bastante bien para que no se le notará que estaba incomodo, y Keenan no podía dejar de olerlo. Era un alfa y era su deber cuidar a los omegas: estar en presencia de un omega que estaba tan profundamente incomodo con él era difícil de aguantar… y era sencillamente difícil que te cayera bien alguien a quién le caías tan mal. Todo lo cual era más que racional en su opinión, aunque no lo suficientemente racional para mencionárselo a los managers y entrenadores.

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